Nací con la herencia de un grupo de pensadores del siglo XIX y todavía hoy, soy un esclavo más de sus convicciones. Originario de un archipiélago bañado por el mar Caribe, el sincretismo racial y el hambre. Vengo de la tierra donde el Che se hizo leyenda y tengo grabada en mis entrañas su insignia de libertad. Soy huérfano de padres vivos. Holguín me cantó las mas crueles canciones de cuna y me enseñó el trabajo cuando todavía podía contar mis años con los dedos de una mano.
Solo retumba en mi memoria el recuerdo de la soledad que se mezcla con la ingenuidad de un niño de nueve años en una Cuba desierta y árida. Pies descalzos, manos maltratadas, no es que sea esclavitud, lo sustituyeron a catorce horas diarias.
El cuento de que las propiedades son colectivas parece una película de ficción de un mal productor. Todo termina siendo manejado por la misma burocracia. Creo lo de que no existen clases, aquí todos somos iguales, los mismos reprimidos victimas de la necesidad. Es muy cierto que no hay propiedades privadas, aquí nadie es dueño de nada, ni de si mismo. Nacer aquí es rentarle tu cuerpo al Estado mientras te dure la vida.
Lo único honorable que ha hecho el general vestido de verde es hacerle frente al imperio del mundo. Pero, ¿de que vale imponer coraje y desafiar el paradigma de las naciones del mundo si es a cambio del maltrato de toda una sociedad?
Al final del trayecto, con mis huesos quebrantados, escasos dientes, sentado en la misma silla, frente al mismo malecón de aguas rebeldes, sacando cuentas, descubrí que mi realidad fue la disciplina, soy propietario de educación, victima del sufrimiento y el abandono, y aquí dejo mi vida consumada. Frente al mismo malecón de aguas rebeldes, reposan mis huesos, victimas del comunismo.